“Sin perdón no hay futuro”
Desmond Tutu, Arzobispo emérito de Sudáfrica
Hoy quiero hablar sobre algo que ni el gobierno ni la sociedad parecemos dispuestos a hacer: perdonar. Para eso, retomaré un evento reciente y, partiendo de ahí, explicaré algo de lo que distintos investigadores han descubierto sobre el perdón y su relación con las políticas públicas.
El 29 de julio, el sacerdote y activista por los derechos de los migrantes, Alejandro Solalinde pidió perdón a los Zetas, por ser los primeros damnificados de una sociedad enferma y corrupta y de un gobierno corrupto y neoliberal. Los invitó a reconocerse como hijos de Dios, dejar las armas y reincorporarse a la sociedad. Como era de esperarse, el subsecretario de Población, migración y Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación, René Zenteno, salió (al día siguiente) a “reprobar” las declaraciones de Solalinde pues, según dijo, no hay cabida para el perdón de grupos delictivos, sino que es necesario presentarlos ante la justicia para que se aplique la ley y respondan por sus crímenes. Asimismo, el subsecretario expresó la preocupación del Gobierno Federal por afirmaciones que “hacen pasar a los criminales como víctimas”[i].